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Docentes en tiempos de coronavirus

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Una de las primeras medidas que se tomaron en España para hacer frente a la crisis del coronavirus fue la de cerrar las guarderías, los colegios, los Institutos y las Universidades. Se decía entonces (todavía no se había decretado el estado de alarma) que cerrar las instituciones educativas no debía llevar a reunirse en parques, calles, cafeterías o discotecas. Lo que se buscaba, prioritariamente, era evitar el contagio.
De inmediato, de manera inevitablemente improvisada,  se  empiezan a arbitrar medidas para que el profesorado se ponga a diseñar actividades de aprendizaje online con el fin de  no convertir el confinamiento en unas vacaciones. Con toda la energía y la ilusión del mundo los docentes se ponen a la tarea. Tienen que reinventarse súbitamente y empezar a trabajar de otro modo.
La situación es completamente nueva, absolutamente inusitada, del todo imprevisible. Nunca se había organizado el curriculum ordinario a distancia.  Por primera vez había que planificar, dirigir, desarrollar y evaluar la enseñanza desde las casas del profesorado a las casas de los alumnos y las alumnas. De un día para otro. Sin preparación alguna, sin el más mínimo ensayo.
La complejidad del proceso es enorme, a pesar de que solo se va a desplegar la acción en torno a la dimensión cognitiva del curriculum. En primer lugar porque tienen que implementarse medidas desde la Administración educativa ya que no se trata de que cada uno haga lo que le parezca oportuno. En muchos casos, esas  medidas no llegaron a tiempo o fueron confusas y agobiantes.  En segundo lugar, porque requiere una sala de profesorado virtual y un despacho de dirección virtual improvisado en los que se coordine todo el proceso. La actividad que se pretende organizar no es la clase particular de un docente a un aprendiz sino un proyecto compartido de una institución desplegada ahora en el espacio y en el tiempo. Una institución que  pretende formar seres humanos, críticos, solidarios y compasivos.
En algunas comunidades autónomas, las prescripciones de la Administración son tan minuciosas y asfixiantes que generan ansiedad en quienes no se ven capaces de llevarlas a cabo por falta de condiciones, medios digitales y conocimientos adecuados para manejarlos. Acostumbrados a la enseñanza presencial, esta nueva situación a algunos les desborda.
Nos encontramos con un problema que afecta a muchos docentes que, por edad o por falta de formación, carecen de las destrezas digitales necesarias para la docencia en línea. ¿Cómo dirigir un proceso en el que quien tiene que liderarlo no dispone de las herramientas y conocimientos necesarios? Además, lo tiene que hacer en la soledad de su casa, es decir sin la ayuda de esos compañeros que solucionan todos los problemas informáticos en el marco de la institución escolar. El esfuerzo individual ha sido aliviado, sin embargo, por la ayuda y la complicidad de compañeros y compañeras, no solo del propio claustro sino de profesores amigos de otros centros. Y por el apoyo de hijos e hijas jóvenes de los docentes que participan en la búsqueda de recursos digitales.
El trabajo se complica porque ahora el profesorado  triplica el número de “alumnos y alumnas”. Los que habitualmente tenía más los dos progenitores de cada aprendiz. Porque los padres y las madres tienen que ayudar en la casa a que sus hijos e hijas realicen bien el trabajo encomendado. Asunto este de gran importancia y complejidad.
¿Cómo plantear tareas para alumnos con diferencias tan notables de desarrollo, de capacidad y de actitud? ¿Qué hacer, por otra parte, con los alumnos y alumnas que tienen necesidades educativas especiales? No se les  puede decir que cada uno se las apañe como pueda. Y, como es lógico, no es previsible que en cada casa se pueda encontrar una ayuda especializada.
Téngase en cuenta, además, que el profesorado está en su casa, a veces con hijos e hijas a quienes atender y ayudar a estudiar. Con obligaciones familiares ineludibles de diverso tipo que no puede desatender: limpieza, preparación de comida, compras…
La situación  es tan novedosa que requiere de ingenio para atender la diversidad, para favorecer la cooperación y para inventar nuevas estrategias de aprendizaje y de evaluación, antes no experimentadas. Y para mantener “ese calorcito del aula”, como he oído decir estos días a un maestro en televisión. Téngase en cuenta que no se trata solo de encomendar tareas sino que de que esas tareas sean revisadas y devueltas.
A estos problemas se añaden las circunstancias de las familias. En algunas es muy difícil seguir las pautas de aprendizaje que se les plantean desde las instituciones escolares.
  • Hay varios hijos de edades diversas y escasos medios que deben compartir en tiempos muy limitados.
  • No hay espacios independientes para el trabajo de cada uno.
  • No todos los hijos son aplicados y responsables.
Hay familias que no tienen sensibilidad para crear un clima de trabajo y prestar una ayuda eficaz a sus hijos. Entre los miles de mensajes que han circulado sobre este asunto,  me ha llamado la atención la conversación de una madre de tres hijos con una amiga Voy a reproducir algunas ideas casi literalmente.
– “Como me cruce con un maestro por la calle le abofeteo la cara, me da igual si no es el de mi hijo. Pero es maestro”.
– “Los niños están todo el día: mamá, el código este, mamá el otro código… A mí, que no soy capaz de recordar siquiera el código de la tarjeta”.
– “Madre mía, qué amargura. Yo lo que digo es que si no hay escuela, no hay escuela. Si se tiene que repetir el curso, se repite, pero que nos dejen vivir”.
– “La primera vez que oí lo de los códigos me dio un ataque de ansiedad y encima todas las madres hablando por los grupos de la escuela. Tuve bloqueados durante cuarenta y ocho horas los dos grupos de whatsapp de la escuela.  Yo pensaba que todos iban a hacerlo menos los míos.  Estaba histérica”.
Medio en broma medio en serio esta madre desvela algunas actitudes de las familias. Algunas  se sienten molestas por el envío intenso de tareas y por la exigencia de actividades de aprendizaje. Otras, que de todo hay, entienden que los profesores no  hacen nada y que no envían  suficientes actividades… Los padres y las madres, que tienen que bregar con uno, con dos o con tres hijos en la casa, se dan cuenta ahora de lo que es trabajar con veinticinco alumnos todo el día.
En la provincia de Mendoza (Argentina), según me cuenta mi amigo Horacio Muros, Director de la Escuela El Molino, en un correo que acabo de recibir, las autoridades educativas están planteando la idea de que el profesorado reduzcan sus vacaciones de verano (nuestras vacaciones de Navidad). Como si ahora no estuvieran trabajando a destajo con una enorme ilusión y creatividad. Qué barbaridad.  Qué atropello.
A todas estas cuestiones se añade, a mi juicio, la más importante. La situación hará que las diferencias sean más grandes, ahondando la desigualdad. La brecha digital es tan enorme que acabarán pagando el pato los alumnos más desfavorecidos, los más vulnerables. Hay zonas rurales sin cobertura y hay familias sin un solo ordenador.
Son justamente aclamados los profesionales de la sanidad en el aplauso cotidiano de las ocho de la tarde.  Es una forma de reconocer un trabajo esforzado, duro, arriesgado y generoso. Resultaría muy triste y doloroso pensar que algunas personas en lugar de soltar las manos en un aplauso merecido, quieran soltarlas para castigar el trabajo extremadamente arduo y complejo del profesorado, como en el caso de la madre que he citado más arriba. Seguro que son solo excepciones.
La tarea del profesorado es problemática, compleja y difícil. Pero resulta especialmente agobiante en esta situación excepcional. Una situación imprevisible que se prolongará en el tiempo no se sabe cuánto, aumentando la incertidumbre. Quiero solicitar para estos abnegados y silenciosos profesionales la admiración, el afecto y la gratitud que se merecen. No salvan la vida físicamente, pero cultivan la mente, enseñan valores  y cuidan el corazón.