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Marjane Satrapi ha fallecido a los 56 años. Hacía 14 meses que su esposo, el actor Mattias Ripa, había muerto. En un comunicado a la agencia francesa AFP, sus familiares explicaban que la muerte de Marjane Satrapi se debía al duelo por la ausencia de su marido: "Falleció de tristeza poco más de un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su esposo y el amor de su vida", se puede leer. La afirmación ha reabierto un debate tan antiguo como inconcluso: ¿puede el dolor emocional acabar matando a una persona?
Pocas expresiones están tan arraigadas en el lenguaje popular y, al mismo tiempo, generan tanta incomodidad entre los profesionales de la salud. La frase aparece una y otra vez cuando una persona fallece poco después de perder a su pareja, a un hijo o a alguien que ocupaba un lugar central en su vida. Pero ¿es solo una manera poética de explicar una pérdida o existe alguna base científica detrás?
Para la psicóloga sanitaria y experta en terapia de pareja Marian Barrantes, la respuesta exige precisión. "La expresión 'morir de tristeza' refleja una realidad emocional que todos podemos comprender". Sin embargo, añade: "La tristeza, por sí sola, no se considera una causa médica de muerte".
Sin embargo, la ciencia ha demostrado la estrecha vinculación entre el deterioro de una persona y el duelo que atraviesa por la muerte de un ser querido. Una tristeza intensa y prolongada puede tener consecuencias importantes sobre la salud física y mental. Por lo tanto, la pregunta sobre si se puede morir de tristeza no se puede resolver con una respuesta monosilábica ni taxativa.
Cuando el duelo se instala en el cuerpo
El duelo no ocurre únicamente en la mente. También deja huella en el organismo. "Hoy en día sabemos que cuando hay un duelo se activan zonas cerebrales vinculadas al dolor físico y que eso implica, por un lado, una fuente de estrés vital muy importante. Y, por otro, que se pueden -incluso- acelerar procesos de enfermedades previas debido a ese desgaste por estrés emocional tras el duelo debido a la pérdida de un familiar", señala psicóloga Bárbara Tovar, especializada en el conocimiento e investigación sobre el funcionamiento de nuestra mente y de las emociones.
"La evidencia científica muestra que las personas que atraviesan pérdidas significativas pueden experimentar alteraciones del sueño, cambios en el apetito, disminución de la actividad física, mayor vulnerabilidad inmunológica, incremento de la inflamación sistémica y un aumento del riesgo cardiovascular", comenta por su parte Marian Barrantes.
Es decir, nadie muere porque esté triste. Pero el sufrimiento puede convertirse en un factor de vulnerabilidad. "Cuando una persona pierde a quien ama después de muchos años de relación y de vínculo, pierde simultáneamente muchas cosas", explica Bárbara Tovar. "Pierdes una figura de apego, una figura que te da seguridad, que te da calma, que te regula. Puedes haber construido un sentido de propósito de vida conjunto y, cuando la otra persona deja de estar, ese sentimiento de propósito puede verse tocado, perdido o abandonado", añade.
La ilusión por vivir se apaga. Ahí reside una de las claves en la cuestión. Más allá de la tristeza, lo que algunas personas pierden tras la muerte de su pareja es algo mucho más difícil de medir: el motivo para levantarse cada mañana, los proyectos compartidos, la sensación de futuro. Cuando desaparece la persona con la que se construyó una vida entera, también puede tambalearse el sentido que sostenía esa vida.
Más allá de la ausencia
La muerte de una pareja no implica únicamente la ausencia física de alguien. "Muchas personas describen la muerte de una pareja como una ruptura profunda de su identidad y de su proyecto de vida", señala Marian Barrantes. "Cuando una relación ha sido muy significativa, no solo se pierde a la persona amada, sino también rutinas compartidas, planes de futuro y una forma concreta de estar en el mundo".
Tovar lleva esa idea un paso más allá: "Perdemos no solamente la figura de apego, sino un compañero cotidiano, una persona que tiene un papel fundamental en cuanto a conversaciones, conexión, comunicación y sensación de hogar. Y también una parte de tu identidad, porque a veces la identidad de alguien se ve muy fusionada con la identidad de la pareja cuando se lleva mucho tiempo juntos".
La consecuencia no siempre se expresa a través del llanto. "A veces nuestro cuerpo no muere cuando perdemos a una persona tan sumamente ligada a nuestra vida; antes muere nuestra ilusión. La ilusión de seguir viviendo", reflexiona Bárbara antes de añadir: "El ser humano puede soportar cantidades inmensas de dolor. Pero a veces lo que no puedes sostener es sentir que ya nada importa o que no hay ningún motivo para seguir adelante en la vida".
El síndrome del corazón roto existe
La relación entre sufrimiento emocional y enfermedad física no es únicamente metafórica. "Existe una condición médica conocida como "miocardiopatía de Takotsubo", popularmente llamada síndrome del corazón roto", explica Marian Barrantes. Se trata de una alteración temporal del funcionamiento cardíaco que puede aparecer después de acontecimientos emocionalmente intensos, como la muerte de un ser querido o una ruptura afectiva. "Sus síntomas pueden parecerse a los de un infarto, incluyendo dolor torácico y dificultad para respirar. Aunque la mayoría de los pacientes se recuperan favorablemente, demuestra que las emociones intensas tienen un impacto real sobre el organismo", añade la psicóloga. Aún así, sería un error convertir una excepción en una regla, porque no todas las personas que sufren una pérdida desarrollan este síndrome.
La ciencia también ha identificado otro fenómeno: el "efecto viudedad". "Durante los meses posteriores al fallecimiento de un cónyuge aumenta el riesgo de problemas de salud e incluso de mortalidad en la persona superviviente", señala Barrantes. Pero, de nuevo, el matiz es importante. "Esto no significa que la tristeza sea la causa directa de la muerte, sino que el duelo puede influir en múltiples factores relacionados con la salud".
Empezar a apagarse
Tras una pérdida importante, explica Marian Barrantes, pueden aparecer síntomas que dificultan un estado de salud óptimo como alteraciones del sueño, cambios en la alimentación, disminución de la actividad física, peor adherencia a tratamientos médicos, aislamiento social y un aumento de los niveles de estrés fisiológico.
Tovar describe ese mismo proceso desde dentro. "A veces comemos menos, nos retiramos socialmente, abandonamos actividades. Es como si nos fuéramos apagando poco a poco en vida". Y añade: "La esperanza no es solamente una emoción. Es un mecanismo para sobrevivir. Cuando desaparece por completo, el cuerpo puede empezar a apagarse y llevarte a la muerte". No necesariamente se refiere a una muerte inmediata ni a una relación directa de causa y efecto. Habla de un deterioro progresivo que, en determinadas circunstancias, puede terminar teniendo consecuencias graves para la salud.
Entonces, ¿se puede morir de tristeza?
La respuesta, sin duda, depende de quién responda y de cómo se formule la pregunta. Desde un punto de vista estrictamente médico, la tristeza no constituye una causa de muerte; pero a la vez hay evidencia científica suficiente para demostrar el vínculo entre las emociones y la salud física. Quizá, como dice Bárbara Tovar, "de alguna manera" se puede morir de tristeza, pero no porque la tristeza detenga por sí sola el corazón, sino porque una pérdida devastadora puede arrastrar consigo la esperanza, el propósito, la identidad, los hábitos que sostienen la salud y, en ocasiones, incluso las ganas de seguir adelante.
Sin embargo, como recuerda Marian Barrantes, es normal que durante un tiempo aparezcan sentimientos de vacío, desorientación o falta de propósito tras un duelo. Y conviene no perder de vista que la inmensa mayoría de las personas terminan encontrando nuevas formas de adaptación y reconstrucción. "La capacidad humana para afrontar las pérdidas es extraordinaria. El sufrimiento puede ser inmenso, pero también lo es la capacidad de resiliencia cuando existen recursos personales, apoyo social y, cuando es necesario, acompañamiento profesional".
Si la expresión "morir de tristeza" ha sobrevivido durante siglos no ha sido porque describa una causa médica de muerte reconocida por la ciencia, sino porque intenta poner palabras a algo que muchas familias creen haber presenciado: personas que, tras perder a quien daba sentido a su vida, nunca volvieron a ser las mismas. Como resume Bárbara Tovar: "Hay personas que, con esa persona que se va, sienten que se va todo su para qué".

Resumen
Como he expuesto, la sociedad marroquí se encuentra inmersa en un proceso de reconfiguración. En el ámbito femenino, el descenso de la tasa de natalidad, el acceso a la educación, al espacio público y al empleo contribuyen a esta transformación. Sin embargo, la ciudadanía sigue enfrentándose a unos valores y a un modelo de sociedad donde la socialización familiar, los ritos, las costumbres, los tabús (fruto, en gran medida, del patriarcado) son valores que se transmiten y se reproducen. Desde las grandes ciudades se está empezando a vislumbrar otra realidad posible...
No podemos dilucidar hacia qué lado se inclinará la balanza... Son las nuevas generaciones las que decidirán tomar un camino u otro, o quizá siga coexistiendo esta dicotomía durante años...
No me gustaría haber mostrado una visión tópica ni sesgada de la sociedad marroquí, he intentado analizar la situación de las mujeres en el país vecino desde fuera, comparándola a veces, irremediablemente, con la sociedad española, donde creo que se ha gestado una evolución parecida (aunque sin la llegada del islamismo). He querido enriquecer mi trabajo dando voz a distintos tipos de mujeres que habitan el país, tan diferentes en muchos aspectos, aunque todas marroquíes; probablemente, me he dejado cuestiones por definir y analizar. Ha sido un trabajo elaborado personalmente tanto en los espacios físicos marroquíes ?que he recorrido? como en el espacio virtual de mi investigación, encerrada entre libros y páginas web, en el que he disfrutado del trayecto.
Inmaculada Garro Sánchez
El autor de Marruecos: del harén doméstico al espacio público. Una segregación de género desde la infacia, con isbn 978-84-18-92212-1, es Inmaculada Garro Sánchez, esta publicación tiene ciento ochenta y cuatro páginas.
Otros libros de Inmaculada Garro Sánchez son